Fiat lux

La mujer ideal en el Antiguo Régimen

en mayo 27, 2012

El perfil de la mujer ideal que nos traza Juan Luis Vives en su «La formación de la mujer cristiana» es el de una recatada, sacrificada, defensora del propio honor y del familiar, educadora de los hijos, condenada al anonimato, sumisión y subordinación. Casi una semejante imagen nos esboza también Fray Luis de León en su «La perfecta casada».

En ambos casos estamos ante prototipos de conductas propuestas por los autores a las doncellas, recién casadas, esposas reales y viudas. Las competencias que se les exigen son muy variadas y esbozan el perfil de lo que debían ser los quehaceres y las tareas cotidianas de ellas.

No obstante, a pesar de las semejanzas de los modelos se observa cierto rasgo diferenciador: la actitud negativa de Fray Luis frente a la enseñanza de la mujer, y la relativamente «afirmativa» de Vives.

¿A qué se debe la negación a que la mujer sea erudita? ¿Quizá al pecado original de Eva, la cual comió la manzana prohibida para llegar a una sabiduría superior? Comparemos lo que dice al respecto Luis de Vives:

«Puesto que la mujer es un ser débil, con un juicio inseguro y proclive a ser engañada (algo que puso de manifiesto Eva, madre de los hombres, a la que embaucó el diablo con un argumento frívolo), no conviene que ella enseñe, no sea que, después de aceptar una falsa opinión sobre un tema, la transmita a los oyentes con la autoridad propia del docente y arrastre también a los demás fácilmente a su propio error, porque los discípulos los aceptan de buen grado las enseñanzas del maestro»  (Vives, La formación de la mujer cristiana, libro primero, cap. IV).

Por una parte, Vives propugna que la mujer sepa leer, reconoce la importancia de la sabia, por otra parte, deja claro que la mujer intelectualmente, y en general en todos los aspectos, es inferior al hombre, y restringe considerablemente el papel de la letrada en la sociedad.

Considera que en ningún caso debe lucir su sabiduría, ni enseñar a otros niños que no sean sus propios, tampoco le permite entrar en todas las esferas de la erudición y censura rigurosamente la lista de lecturas recomendadas (por ejemplo niega a que lean novelas amorosas o libros caballerescos).

En cualquier caso, hay que reconocer que las obras que propone leer ofrecen un horizonte cultural bastante superior. Además en esa época plantear la cuestión de la erudición de la mujer por sí mismo ya supone un paso audaz y un cambio gradual.

Otro de los aspectos relevantes es la noción de castidad que sobresale por encima de las demás virtudes según las alabanzas de los insignes tratadistas. De hecho, mucho espacio dedican a este concepto. La virginidad se considera el bien supremo y el máximo valor que dignifica a los representantes de este género. Aun más se considera como impulsor de vida, matriz central de una serie de valores que demuestran la catadura moral de ellas.

«Pero en una mujer nadie busca ni la elocuencia, ni el ingenio, ni la prudencia, ni las artes de la vida, ni saber administrar el Estado, ni la justicia, ni la benignidad; nadie, a la postre, busca otra cosa que no sea la virginidad» (Vives, La formación de la mujer cristiana, libro primero, cap. VI).

Su pérdida acarrearía el mayor ultraje, desprecio común y la caída en pecado, mancharía para siempre su honra, con ello el honor de su estirpe y vilipendiaría toda su fama y decoro. Por tanto, para no llegar a tales extremos, debe ser custodiada permanentemente, más quedarse en casa y mantenerse lejos de los demás.

Otro aspecto fundamental de su comportamiento que se propone es el silencio; responder cuando sean requeridas para ello y, por último, tener mesura en sus conversaciones.

«Es justo que se precien de callar todas, así aquellas a quien les conviene encubrir su poco saber, como aquellas que pueden sin vergüenza descubrir lo que saben; porque en todas es, no sólo condición agradable, sino virtud debida el silencio y el hablar poco. […]. Porque, así como la naturaleza, como dijimos y diremos, hizo a las mujeres, para que, encerradas guardasen la casa, así las obligo a que cerrasen la boca. […] Porque el hablar nace del entender, y las palabras no son sino como imágenes o señales de lo que el ánimo concibe en sí mismo» (León, La perfecta casada, capítulo XVI).

«No es adecuado que una mujer esté al frente de una escuela, ni que trabaje entre hombres o hable con ellos, ni que vaya debilitando en público su modestia y su pudor […], pero si se encuentra en alguna reunión, con los ojos bajos guardará recatadamente silencio, de manera que la vean algunos pero sin que nadie la oiga»  (Vives, La formación de la mujer cristiana, libro primero, cap. IV).

Queda la impresión de que las pláticas femeninas no tienen consistencia, sus conversaciones son confusas y sus opiniones obstruyen el uso de la razón. Y todo eso de vuelta, debido a la arraigada opinión de que la mujer es tendente al pecado como quedó patente en la acción de Eva en los primeros tiempos. Por lo tanto debe ser instruida y vigilada constantemente para no caer en la tentación.

Y habrá que esperar todavía un poco más para que brotara paulatinamente la idea de la formulación de la igualdad. Uno de los primeros pasos hacia esta dirección, desde mi punto de vista, dará la amena novelista María de Zayas Sotomayor, también la erudita Anna María van Schurman; ambas aducirán razones para demostrar que las mujeres son tan capaces como los hombres.

Mientras tanto la función de la mayoría de las mujeres, a grandes rasgos, quedará reducida a las tareas del hogar, pendiente siempre del varón, privada de posibilidad de participar en el proceso creativo en todos los campos intelectuales: científico, filosófico, etc.

Y en tales circunstancias muchas procurarán buscar otras posibilidades de enfrentarse al modelo oficial, franquear las barreras a través de manifestaciones de independencia o de anhelo de alzarse con el mando y gobierno.

De hecho, los pleitos de la época también dejarán varios testimonios al respecto. Es sorprendente el mayor número de adulterios, relaciones fuera del matrimonio en una sociedad que hace de la castidad femenina uno de los factores principales del honor. En la literatura también abundan ejemplos de relaciones que según las normas oficiales del momento son ilícitas. Se puede decir que se trata de imaginación literaria pero esta imaginación frecuentemente bebe de la realidad histórica.


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