Fiat lux

El canon de belleza de la mujer hispánica en textos áureos

en julio 25, 2012

En una entrada anterior he procurado esbozar el papel de la mujer ideal en el Antiguo Régimen. Ahora interesa observar los patrones de la hermosura femenil en lo que atañe a lo físico y externo. Por ello, nuevamente propongo recurrir a la ayuda de la literatura del tiempo, en primer término a la inmortal obra de Cervantes El Ingenioso hidalgo de don Quijote de la Mancha, en particular al fragmento en que se pinta la hermosura de la imaginada Dulcinea con los siguientes términos:

«Su nombre es Dulcinea [] su hermosura sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas; que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve; y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales, según yo pienso y entiendo, que sola la discreta consideración puede encarecerlas y no compararlas»[1].

Comparemos también este episodio extraído de la misma obra que se refiere ya a la belleza de Dorotea.

«El mozo se quitó la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte, se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parecía labrador era mujer, y delicada, y aun la más hermosa que hasta entonces los ojos de los dos habían visto […]. Los luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieron las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos; que si no eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parecía tales y tantos eran. En esto, les sirvió de peine unas manos, que si los pies en el agua habían parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejaban pedazos de apretada nieve; todo lo cual, en más admiración y en más deseo de saber quién era»[2].

Es igualmente ilustrativa la presente pincelada de Quevedo:

«Venía una mujer hermosa, trayéndose de paso los ojos que la miraban y dejando los corazones llenos de deseos. Iba ella con artificioso descuido escondiendo el rostro a los que ya le habían visto y descubriéndole a los que estaban divertidos […]. El rostro era nieve y grana y rosas que se conservaban en amistad esparcidas por labios, cuellos y mejillas, los dientes transparentes; y las manos, que de rato en rato nevaban el manto, abrasaban los corazones. El talle y paso ocasionando pensamientos lascivos; tan rica y galana como cargada de joyas recibidas y no compradas [… ]. ¡Qué ojos tan hermosos honestamente! ¡Qué mirar tan cauteloso y prevenido en los descuidos de un alma libre! ¡Qué cejas tan negras, esforzando recíprocamente la blancura de la frente! ¡Qué mejillas, donde la sangre mezclada con la leche engendra lo rosado que admira! ¡Qué labios encarnados, guardando perlas que la risa muestra con recato! ¡Qué cuello! ¡Qué manos! ¡Qué talle! Todos son causa de perdición»[3].

No menos característico resulta ser este precioso fragmento de La dama del Olivar de Tirso de Molina[4] que hace referencia a la hermosura de Laurencia:

No hay en Aragón mujer                                   en hilera y procesión,

que mijor os pueda estar,                                  piñones mondados son

y si os la vengo a pintar                                     y a lo menos dientes de ajos.

yo sé que la heis de querer                               ¿Qué diré de los hocicos?

Sus años verdes y en flor,                                 Son que amapolas parecen

y su hermosura, en la aldea                            cuando entre los trigos crecen.

no hay borrico que la vea                                 […]

que no rebuzne de amor.                                   Las manos, que nunca adoba,

Es de una imagen su cara.                                más blancas fueran que el pecho,

«¿Con qué la lava?», dirás.                                a no haberlas callos hecho

Con lleve el diablo lo más                                   ya el cedazo, ya la escoba.

que un caldero de agua clara.                          La cintura puede entrar

Los cabellos, no dirán,                                                                      (Señala los dedos)

son que al sol causan vergüenza,                    aquí, y si amor navegara,

y cuando en cola los trenza                               mejor su estrecho pasara,

en las rodillas la dan.                                         ¡pardiez!, que el de Gibraltar.

La frente, bruñida y lisa;                                   […]

las cejas son de amor arcos;                           Pues las piernas, si en el río

los ojos si no son zarcos,                                  lava, porque el cristal borre,

provocan a amor y a risa.                               corrido de verlas corre

[… ]                                                                  más aprisa y con más brío.

¿Pues qué la boca? Aunque pasa                 los pies calzan once puntos

de raya, limpia y risueña                                cuando la aprieta el botín;

que no es bien que sea pequeña                   mas sea ella honrada, en fin

la portada de la casa.                                     que no miréis en puntos.

Los dientes altos y bajos

Como se puede observar fácilmente en todos los ejemplos extraídos las claves de la posible perfección femenina se repiten; son tópicos por excelencia y grosso modo se reducen a unas características que recoge lacónicamente un manuscrito de la Biblioteca Nacional de Madrid ejemplificado por Margarita Torremocha Hernández:

«La mujer para ser hermosa ha de tener estas propiedades:

Ha de ser larga en tres, estos es: en talle, manos y pelo.

Ha de ser ancha en tres, esto es: en frente, en hombros y en muñecas.

Ha de ser blanca en tres, esto es: en garganta, en manos y en dientes.

Ha de ser negra en tres, esto es: en ojos, en cejas y en párpados.

Ha de ser rubia en tres, esto es: en pelo, en labios y mejillas.

Ha de ser pequeña en tres, esto es: en nariz, en boca y pies»[5].

Está claro que de ningún modo pretendo hacer generalizaciones irrefutables y afirmar que en la época fueron las únicas propiedades anheladas dada mi convicción de que la naturaleza humana por sí es muy variada, los cánones de la belleza cambian bastante rápido, además se trata de período donde todo es ambiguo, complejo e inagotable, y triunfa mucho la variedad en la acepción más amplia del término. No obstante, una cosa es patente: se prestaba mucha atención al enlucimiento y blancura de la piel, se recurría frecuentemente a la ayuda de la belleza artificial: chapines, joyas, pelucas, tintes y afeites [cosméticos] que tanto desagrada a los escritores satíricos. En especial, a Quevedo que nunca pierde la ocasión para hacer alarde de su misoginia en sus pinturas satírico-burlescas. Comparemos este pasaje de su «El mundo por de dentro»:

«Dígote que nuestros sentidos están en ayunas de lo que es mujer y ahítos de lo que le parece. Si la besas te embarras los labios; si la abrazas, aprietas tablillas y abollas cartones [cartones que armaban el corsé]; si la acuestas contigo, la mitad dejas debajo la cama en los chapines»[6].

Comparemos también otro episodio extraído de la misma obra:

Pues sábete que las mujeres lo primero que se visten en despertándose es una cara, una garganta y unas manos, y luego las sayas. Todo cuanto ves en ella es tienda y no natural. ¿Ves el cabello? Pues comprado es y no criado. Las cejas tienen más de ahumadas que de negras, y si como se hacen cejas se hicieran las narices, no las tuvieran. Los dientes que ves, y la boca, era de puro negra un tintero y a puros polvos [cosméticos] se ha hecho salvadera. La cera de los oídos se ha pasado a los labios y cada uno es candelilla. ¿Las manos, pues? Lo que parece blanco es untado. ¡Qué cosa es ver una mujer que ha de salir otro día a que la vean, echarse la noche antes en adobo y verlas acostar las caras hechas cofines de pasas [porque las pasas regeneran la piel del rostro][7].

Salas Barbadillo también, en reiteradas ocasiones, apunta a la misma dirección:

Siete años cumplió Fabia; al rostro bello

Celia, su madre, aplica sucio afeite

y torpes artificios al cabello

para que ocupe con el vil deleite

a los ociosos ojos del mancebo,

que sólo con miralla se deleite[8].


[1] Parte I, cap. XIII.

[2] Parte I, cap. XXVIII.

[3] «El mundo por de dentro», en Los sueños, cito por la ed. I. Arellano, Madrid, Cátedra, 1991, p. 301.

[4] Cito por la ed. de B. de los Ríos, 1946, t. I, pp. 1175-1176.

[5] Torremocha Hernández, La mujer imaginada. Visión literaria de la mujer castellana del Barroco, Badajoz, @becedario, 2010, p. 42.

[6]  En Los sueños,  ed. I. Arellano, 1991, p. 305.

[7] pp. 302-303.

[8] «La Madre», novelita en verso intercalada en La ingeniosa Elena de Salas  Barbadillo·[1614], cito por la ed. J. Costa Ferrandis, 1983, p. 71.


2 responses to “El canon de belleza de la mujer hispánica en textos áureos

  1. FRM dice:

    Muy buena nota, Armine. Ilustrativa y documentada. Saludos, Fernando RM.

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